Miguel Ángel Sabadell. 20.07.2005 - 03:23h
Con un par de vinos encima el sexo opuesto nos parece un 25% más atractivo
La suerte de la fea la guapa la desea. ¡Menuda patochada! Semejante refrán se parece mucho a aquel culebrón titulado Los ricos también lloran. Bonita forma de hacernos sentir lástima por unos tipos que viven, comen y duermen mejor que tú. En el caso de la belleza se ha visto que los guapos tienen mejores trabajos, sueldos más altos, caen mejor. El culto a la belleza es una constante universal; no hay cultura que no la reverencie. En Brasil hay más mujeres Avon que militares; durante las hambrunas, los bosquimanos no dejan de usar la grasa animal para hidratar la piel y en los EE UU se venden 1.500 lápices de labios y 2.000 cosméticos por minuto. Querámoslo o no, el negocio de la belleza es abrumadoramente femenino. Las mujeres hacen más dieta y tienen más desórdenes alimenticios que nosotros en una proporción de 9 a 1; más del 80% de las operaciones estéticas se realizan en mujeres; ganan por goleada en peluquería, ropa, perfumería. Las razones para este desmelene son dos. La primera, los hombres. El hombre valora mucho más el aspecto externo (en 1990 se vio que esto era cierto en 34 de 37 culturas estudiadas. En India, Polonia y Suecia mujeres y hombres puntuaron igual). La segunda son las mujeres. No hay crítica al aspecto más despiadada que la de otra mujer. Es más. Una guapa aumenta el estatus de un hombre. Cuando se enseña la fotografía de una pareja donde ella es bien parecida, el hombre parece más inteligente, seguro de sí mismo y simpático que si se les enseña la misma fotografía pero diciendo que ambos no se conocen. Si se hace la prueba al revés no pasa nada. ¿Cuál es la razón a toda esta obsesión por la belleza? El sexo, la lucha por conseguir pareja. Por cierto, ¿sabían que tomándose un par de vinos encontrarán al sexo opuesto un 25% más atractivo? Eso han descubierto unos psicólogos escoceses. Ya lo decía Groucho: «Bebo para hacer interesantes a los demás».
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