El Museo de la Prehistoria de Dresde acoge una exposición que recorre las apetencias y los deseos a lo largo del tiempo: primitivos consoladores, preservativos y libros pornográficos

Desde las prácticas libertinas de los griegos a las pinturas «picantes» de los burdeles de Pompeya, pasando por ídolos primitivos y falos de la prehistoria... Esta exposición repasa los hábitos sexuales a lo largo de los años

Dresde- «Primero fue la mujer y sus curvas, luego vinieron los enormes falos», resumía el comisario de la muestra, Louis Nebelsick, convertido en solícito guía privado para los medios desde días antes de la inauguración oficial, esta semana. La mujer es la Venus de Willendorf, una pieza de 25.000 años de antigüedad que abre el recorrido histórico. De ahí salta 15.000 años para pararse en los sobredimensionados miembros masculinos de la Edad de Bronce, convertidos a partir de entonces en protagonistas absolutos de pinturas, relieves y esculturas.
«Es difícil saber si son muestra de un anhelo sexual o de la presunción del hombre, obsesionado en alardear de su miembro. Para eso deberíamos saber a qué sexo pertenecía el artista», prosigue Nebelsick, un estadounidense afincado en esa ciudad del este de Alemania que ha imprimido a la muestra un sello indiscutiblemente «made in USA».

Libertad de «expresión». Las cinco estancias en que están condensados los tres centenares de objetos –600 metros cuadrados– están presididas por títulos decididamente vistosos: «Sexy en la Edad de Bronce», «El poder del falo», «Big is beautiful», «Sexo en la Iglesia», «La tumba del pene de oro», etc. Entre los objetos que Nebelsick muestra con más orgullo está un consolador de vidrio, de 20 centímetros de largo por 7 de ancho, hallado en las dependencias privadas de una abadesa de un convento de Venlo (Holanda).
También explica los detalles de los primeros preservativos –«de intestino de pescado», dice–, que empezaron a comercializarse en el Viejo Continente 70 años después del descubrimiento de América, por la expansión de la sífilis. «La historia nos muestra que, por encima de las cortapisas morales o religiosas, la persona es la persona, y ésta tiene un sexo que se expresa, si no puede ser en público, será en privado», prosigue Nebelsick.
En la antigua Grecia la homosexualidad y la pederastia eran prácticas de la elite, los sátiros representaban el descontrol y la inmunidad sexual. Todos parecían seguir el ejemplo de Zeus, padre de los dioses griegos que no dudaba en transformarse en toro o en cisne para conseguir tener un encuentro íntimo con quien fuera. Luego, los romanos convirtieron el sexo en «objeto de consumo masificado» –aquí pueden verse las pinturas realizadas en las paredes de los burderles de Pompeya– , hasta que la Cristiandad impuso «la ley seca». Por supuesto, «no siempre con éxito», afirma el comisario. Los siglos XV, XVI y XVII levantaron la veda. El sexo volvió a la vida pública y reaparecieron los falos dominantes decorando piezas de vajilla o en forma de curiosos fetiches como un pene volador, alusivo al juego de palabras entre «Vogel» y «voegeln» –pájaro y fornicar, respectivamente, en alemán–.
Un primer libro pornográfico, del siglo XVIII, cierra la exposición, acompañado de una maqueta tamaño natural de lo que representa la ilustración del volumen: un mercadillo ambulante, al parecer precursor de los actuales «sex-shop». «100.000 años de sexo» podrá verse hasta finales del mes de enero en el Museo de la Prehistoria y recoge, en total, 250 objetos procedentes de 60 museos y colecciones de seis países europeos: Alemania, Holanda e Italia, principal- mente.