"Los clientes se pican cuando les ganamos", dicen las anfitrionas.

A las chicas del café "Oliver" sólo les basta mencionar a un tal Molina para estallar en carcajadas, aunque ni siquiera recuerden muy bien si se llama Alberto o Roberto. Lo único seguro es que la semana pasada el tipo llegó por lana y salió trasquilado.

"Se supone que los clientes vienen a vitrinear y a pasarlo bien, pero una también tiene derecho a mirar un poco", dijo Ximena, una juguetona veinteañera que fue la responsable directa de que ese pobre muchacho terminara bailándole a ella y a varias de sus colegas sin polera y sin zapatos. ¿La razón? Una simple e inocente partida de ludo, con una pícara apuesta detrás.

Se trata de la curiosa novedad que ofrece este café con piernas, ubicado en pleno centro de Santiago: tener a disposición de sus clientes un sinnúmero de juegos de mesa, como dominós, tableros de ajedrez, damas, cartas y hasta gatos, para que nadie se aburra de mirar y fantasear.

Y claro, los parroquianos no necesariamente tienen que jugar entre ellos. También pueden desafiar a alguna de las señoritas presentes, quienes, nada de tontas, normalmente ponen una apuesta informal y coquetona sobre la mesa: "Si yo gano, él me tiene que comprar un jugo, una bebida o a veces hacer alguna penitencia entretenida; y si él gana, bueno, generalmente me toca a mí dedicarle un table-dance (baile personal)", contó Anais, otra anfitriona.

Fiebre por el juego

El "Oliver" es, en rigor, un café espectáculo, uno de esos recintos céntricos con patente de cabaret, pero que comenzó a atender en forma diurna, a partir de las 13 horas y hasta las 22. Una mezcla entre café con piernas y night club. Aquí se cobra una entrada de dos mil pesos, que da derecho a un café, jugo o bebida, a echarle una ojeada a todos los diarios del día, y, por supuesto, a ver el show de las bailarinas. De allí, entonces, la posibilidad que tiene Anais de "apostar" su baile erótico.

Según Ángelo Peña, administrador del recinto, "la gente enganchó porque es una alternativa entretenida frente a los clásicos cafés del Centro".

En los juegos no se apuesta dinero. Todo es informal, como la humorada de aquel Molina, aunque las chicas ya sacaron sus conclusiones: "Los hombres son unos cabros chicos. Llegan dándoselas de expertos y tirando tallas, pero no soportan que una mujer vestida con poca ropa les gane. Los muy giles se pican, sobre todo con la Andrea, que juega ajedrez y ha dejado a varios en vergüenza", dijo Kathy.

LUN