Nuestra sexualidad es nuestra, y valga la redundancia. Nadie debe decidir por nosotros de qué manera debemos disfrutarla más, con quien o bajo qué requisitos. Nos corresponde a cada uno dibujarla, irla conformando desde el continente hasta el contenido.

La sexualidad es libertad de decidir lo que realmente queremos. Eje de nuestros más íntimos placeres eróticos que compartimos en soledad o con la pareja, de una manera relajada, auténtica, sin trasfondos. Cuando está amarrada a mitos, prejuicios, a las decisiones o manipulaciones de un “otro”, solemos alejarnos de ese baluarte que es la libertad, no solo por lo que esta encierra en sí misma, sino por lo que significa en el mundo sentimental y emocional de cada quien; ese universo personal, único e irrepetible. ESE MAPA QUE SE LLAMA CUERPO A mi modo de ver, la educación sexual, además de enseñar el uso de condones, debe insistir fundamentalmente en las fortalezas individuales de cada persona. No es posible unirse a alguien para formar pareja si antes no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos, poseer una equilibrada autoestima; aceptar nuestro cuerpo, tal y como es. Durante una conversación que sostuve con el sexólogo español Félix López, me comentaba que uno de los graves problemas que tenemos los humanos, es la baja aceptación de la figura corporal. Meditaba al respecto que queremos tener una figura corporal porque todos deseamos ser amados, pero no nos damos cuenta de que amar, disfrutar del placer y la ternura está poco relacionado con el tipo de cuerpo que tengamos. El placer, el goce íntimo no está asociado a una imagen determinada.